
La escuela como espacio de construcción de lo común: entre la complejidad y el desafío de educar en el presente
Por: Eduardo Arcangéli Arias - Mónica Valenzuela
Resumen
El presente trabajo propone una reflexión en torno a la escuela como espacio de construcción de lo común, atravesados por la complejidad de lo social, las desigualdades y la incertidumbre. Desde una perspectiva crítica y situada, se analizan las tensiones que configuran la vida escolar, así como el papel de la dimensión ética, el lazo social y la afectividad en los procesos educativos. Asimismo, se problematiza el rol de los actores institucionales y se recupera la potencia transformadora de la escuela como ámbito de construcción de ciudadanía y de restitución simbólica. El texto articula aportes teóricos de distintos autores con una mirada que busca interpelar las prácticas educativas contemporáneas.
Palabras clave
escuela; inclusión; afectividad; lazo social; desigualdad educativa.
Pensar la escuela hoy implica asumir su carácter complejo y multidimensional. Lejos de ser una institución aislada, la escuela se encuentra atravesada por tensiones sociales, políticas, culturales y subjetivas que la constituyen y la desafían. En este contexto, toda reflexión sobre la educación exige reconocer la implicación de quienes educan. No hay neutralidad ni objetividad plena en el acto educativo. Por el contrario, el sesgo —entendido no como error sino como posicionamiento— puede constituirse en un valor. De este modo, habilita una palabra situada que interpela y convoca al pensamiento. En este sentido, cabe preguntarse: ¿qué lugar ocupa hoy la escuela en la construcción de lo común en sociedades atravesadas por la fragmentación, la desigualdad y la incertidumbre?
Desde esta perspectiva, hablar de la escuela supone abrir un espacio de reflexión que no busca consensos homogéneos, sino promover el pensamiento crítico. Implica animarse a ser desalojados de nuestras propias certezas. También supone dejarnos afectar por otras miradas, por otras experiencias, por otras formas de habitar lo escolar. Este movimiento, lejos de debilitar el conocimiento, lo enriquece. En efecto, permite relativizar verdades cristalizadas y abrir nuevas posibilidades de comprensión. Así, la escuela se vuelve un espacio privilegiado para ejercitar la escucha, la discusión y la construcción colectiva de sentido.
En este escenario, la dimensión ética adquiere centralidad. Volver a los principios cuando estos son interpelados resulta una tarea ineludible. En este sentido, la educación no puede desentenderse de los diagnósticos que atraviesan nuestras sociedades. Entre ellos, las desigualdades persistentes, la fragmentación social y las profundas brechas que condicionan las trayectorias educativas. En muchas instituciones educativas, estas tensiones se traducen en escenas cotidianas donde la escuela se ve desbordada por demandas sociales, familiares y emocionales que interpelan su función pedagógica tradicional. Por ejemplo, situaciones en las que los equipos docentes deben intervenir frente a conflictos vinculares entre estudiantes, acompañar trayectorias atravesadas por condiciones de vulnerabilidad o sostener la escolaridad en contextos de escaso acompañamiento familiar. Estas escenas ponen en evidencia la complejidad del trabajo educativo y la necesidad de construir respuestas institucionales situadas. En este marco, la imagen de un “Estado sin brújula” interpela directamente a la escuela. A menudo, se ve exigida a responder a demandas que exceden su función específica.
Ante este panorama, emerge la necesidad de reafirmar horizontes formativos claros. Educar en la democracia, en la libertad en igualdad, en la inclusión plena, en la afectividad y en la construcción de futuro. Lejos de ser meros enunciados, estos principios orientan prácticas concretas. En este marco, el rol de los equipos docentes y directivos resulta clave, en tanto son quienes, a través de sus decisiones cotidianas, traducen estos principios en prácticas situadas. Educar implica también apostar por una escuela sostenida en la potencia del deseo, en la pulsión de vida y en el amor como condición humana fundamental. Desde esta mirada, la educación no se reduce a la transmisión de contenidos, sino que se configura también como una experiencia vital que habilita sentidos y proyectos.
Pensar la escuela como institución social implica reconocer su función en la construcción del lazo. Aprender a vivir con otros constituye uno de los aprendizajes fundamentales que allí se producen. Tal como sostiene Frigerio (2004), no es sencillo pensar los oficios del lazo ni las instituciones encargadas de educar, cuidar e invitar a compartir el mundo. En esta línea, la escuela se configura como un espacio donde se construye ciudadanía. Asimismo, allí se ejercen derechos humanos y se promueve la justicia educativa. En el contexto argentino, estas discusiones dialogan con marcos normativos que reconocen a la educación como un derecho social, lo que refuerza la responsabilidad del Estado y de las instituciones en garantizar condiciones de igualdad.
Del mismo modo, la escuela no puede desligarse de las condiciones necesarias para educar. Entre ellas, la presencia de adultos portadores de saberes, la construcción de vínculos afectivos y la generación de seguridad, confianza y pertenencia. Estas dimensiones no son accesorias, sino constitutivas de los procesos de enseñanza y aprendizaje. Como afirma Maturana (1996), los seres humanos somos seres emocionales que razonan. Por lo tanto, la afectividad se sitúa en el centro de toda práctica educativa.
No obstante, educar hoy es una tarea particularmente compleja. Los problemas sociales ingresan a la escuela, lo que amplía sus responsabilidades y tensiona sus posibilidades. En este escenario, se le exige mucho, a menudo sin otorgarle los recursos ni el reconocimiento necesarios. Por ello, la pregunta por el futuro se vuelve inevitable: ¿estamos preparando a las nuevas generaciones para habitar el mundo que viene?
En este marco, recuperar la escuela como lugar de sueños se vuelve una apuesta política y pedagógica. Como señala Bleichmar (2008), la escuela puede constituirse en un espacio de restitución simbólica donde los sujetos encuentran oportunidades para proyectarse y construir horizontes de sentido.
La escuela es un lugar que se habita, que se enseña y que se construye colectivamente. Es el espacio donde se articulan el individuo y la sociedad. Allí se transmiten saberes, se crean vínculos y se aprende a vivir con otros en comunidad. Pensarla hoy implica asumir sus tensiones, pero también reconocer su potencia transformadora. En tiempos de incertidumbre, la escuela continúa siendo uno de los territorios privilegiados para construir lo común y sostener la esperanza. Sostener la escuela como espacio de lo común no es solo una tarea pedagógica, sino una responsabilidad ética y política ineludible en la construcción de sociedades más justas.