
Cuando el fútbol educa
Por: Por Mgter.Marcela Abete
Argentina volvió a escribir una página inolvidable. Derrotó 2 a 1 a Inglaterra y jugará una nueva final del mundo frente a España. Los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez desataron la alegría de un país entero, mientras Lionel Messi volvió a demostrar que el liderazgo no siempre se expresa con estridencias: muchas veces alcanza con estar, conducir e inspirar.
Mientras millones de personas celebraban la clasificación, pensé que ese partido también había dejado una enorme lección para quienes trabajamos en educación.
Mientras millones de personas celebraban la clasificación, pensé que ese partido también había dejado una enorme lección para quienes trabajamos en educación.
Desde hace tiempo sostengo que el fútbol es mucho más que un deporte. Es una escuela de vida. En una cancha aparecen los mismos desafíos que encontramos todos los días en nuestras instituciones educativas: aprender, confiar, equivocarse, volver a intentar, trabajar con otros y creer que siempre es posible superarse.
Scaloni volvió a confirmar que el verdadero liderazgo no se construye desde la autoridad, sino desde la confianza. Supo formar un equipo donde cada jugador entiende su función y donde el éxito individual solo tiene sentido cuando fortalece al conjunto. Ese es también el liderazgo que necesitan nuestras escuelas: el de quienes acompañan, escuchan, generan oportunidades y ayudan a que cada integrante despliegue su mejor versión.
Messi, una vez más, ofreció una lección silenciosa. No necesitó convertir para ser determinante. Condujo, ordenó, alentó y apareció cuando el equipo más lo necesitó. Los grandes líderes no buscan ser protagonistas permanentes; logran que otros brillen. Enzo Fernández y Lautaro Martínez encontraron el gol, pero detrás de esas conquistas hubo un equipo que las hizo posibles.
En educación sucede exactamente lo mismo. Ningún estudiante aprende solo. Ningún docente transforma una realidad en soledad. Ningún directivo construye una escuela mejor sin un proyecto compartido. Los logros más importantes siempre son colectivos.
Este Mundial también nos dejó otra enseñanza. Días atrás conocimos la historia de Vozinha, el arquero de Cabo Verde que, con cuarenta años, disputó el torneo más importante del mundo. Su recorrido confirma una convicción que atraviesa la Educación de Jóvenes y Adultos: nunca es tarde. Nunca es tarde para volver a estudiar, para terminar una trayectoria interrumpida, para descubrir capacidades que parecían dormidas o para animarse a cumplir un sueño.
Quienes trabajamos en esta modalidad sabemos que las trayectorias educativas no son líneas rectas. Hay interrupciones, tropiezos, pausas y regresos. Sin embargo, mientras exista una oportunidad, siempre habrá una posibilidad de seguir aprendiendo.
También el partido frente a Inglaterra dejó una enseñanza sobre el sentido de la competencia. La historia carga de simbolismo este enfrentamiento, pero el deporte demuestra que es posible competir con intensidad sin convertir al rival en enemigo. En educación ocurre algo parecido. El desafío nunca consiste en vencer a otros, sino en superarnos cada día como personas, como docentes y como instituciones.
Ahora espera España en la final. Será otro enorme desafío. Pero, cualquiera sea el resultado, esta Selección ya dejó una enseñanza que trasciende el fútbol. Nos recordó que el talento necesita esfuerzo, que los proyectos requieren tiempo, que el liderazgo se construye desde la confianza y que ningún objetivo importante se alcanza en soledad.
Quizás por eso el fútbol emociona tanto. Porque, cuando miramos más allá del resultado, descubrimos que habla de la vida.
Y educar, como jugar un Mundial, consiste precisamente en eso: creer que siempre existe una nueva oportunidad, confiar en la fuerza del equipo y no dejar de apostar nunca por las personas.