
El “método Scaloni” y el desafío del liderazgo pedagógico en la escuela contemporánea
En los últimos años, el liderazgo de Lionel Scaloni al frente de la selección argentina ha trascendido el ámbito deportivo para convertirse en un caso de estudio sobre conducción de equipos en contextos de alta complejidad. Lejos de reducirse a una sucesión de logros deportivos, el denominado “método Scaloni” ofrece claves valiosas para pensar los modos actuales de ejercer la autoridad pedagógica y la gestión institucional en el sistema educativo.
En un escenario atravesado por transformaciones sociales, culturales y tecnológicas, la escuela enfrenta el desafío de sostener su función formativa en contextos de creciente heterogeneidad. En este marco, los modelos tradicionales de conducción, basados en la verticalidad y la prescripción, muestran signos de agotamiento. Es aquí donde el enfoque de Scaloni permite abrir nuevas preguntas: ¿cómo se construye hoy la autoridad? ¿Qué significa liderar equipos en instituciones atravesadas por la incertidumbre? ¿Cómo generar sentido colectivo sin apelar a la imposición?
Una de las principales características del “método Scaloni” es la construcción de un liderazgo horizontal, basado en la escucha, la cercanía y la coherencia entre discurso y práctica. Este rasgo interpela directamente a la gestión educativa, donde la autoridad ya no puede sostenerse únicamente en el rol formal, sino que requiere legitimarse en la capacidad de generar confianza y de construir proyectos compartidos. En este sentido, el liderazgo pedagógico se redefine como una práctica relacional, situada y profundamente ética.
Otro aspecto central es la construcción de identidad colectiva. La selección argentina logró consolidar un sentido de pertenencia que trasciende a las individualidades, articulando objetivos comunes y una narrativa compartida. En el ámbito educativo, esta dimensión resulta clave para superar la fragmentación institucional y fortalecer proyectos educativos con sentido. En particular, en la Educación de Jóvenes y Adultos, donde las trayectorias suelen ser discontinuas, la construcción de sentido es condición indispensable para la permanencia y el egreso.
Asimismo, el “método Scaloni” pone en valor la gestión del error como parte constitutiva del proceso. Lejos de penalizar la equivocación, se la asume como instancia de aprendizaje y mejora. Esta perspectiva dialoga con enfoques pedagógicos contemporáneos que promueven la evaluación formativa y el acompañamiento de las trayectorias, desplazando la lógica punitiva aún presente en muchas instituciones.
La conformación de equipos de trabajo reales constituye otra clave relevante. El cuerpo técnico no funciona como una estructura formal sino como un espacio de producción colectiva, donde los roles están claros y el trabajo es verdaderamente colaborativo. Este aspecto interpela a las instituciones educativas, donde muchas veces los equipos existen en el organigrama, pero no en la práctica cotidiana. Fortalecer el trabajo en equipo implica generar condiciones para el intercambio, la planificación conjunta y la toma de decisiones compartida.
Por último, el enfoque de Scaloni destaca la importancia de la lectura de contexto y la flexibilidad estratégica. No hay recetas universales, sino decisiones situadas que se ajustan a las características del grupo y del entorno. Esta perspectiva resulta especialmente pertinente en contextos educativos diversos, donde la estandarización de prácticas suele entrar en tensión con las necesidades reales de los sujetos.
De la metáfora a la acción: estrategias para la conducción institucional
Si el “método Scaloni” ofrece una metáfora potente, el desafío para los equipos de conducción es traducir esas claves en prácticas concretas de gestión. En este sentido, es posible delinear algunas orientaciones estratégicas.
En primer lugar, la construcción de autoridad pedagógica requiere generar condiciones de cercanía con los equipos docentes. Esto implica sostener instancias sistemáticas de escucha, promover espacios de intercambio horizontal y garantizar una presencia institucional activa que trascienda lo meramente administrativo. La autoridad, en este marco, no se impone: se construye en la relación y se legitima en la coherencia.
En segundo lugar, la producción de sentido colectivo se vuelve una tarea central de la gestión. Los equipos directivos están llamados a dinamizar proyectos institucionales que no sean solo documentos formales, sino horizontes compartidos. Recuperar logros, construir relatos institucionales y fortalecer la pertenencia son acciones clave, especialmente en contextos como la Educación de Jóvenes y Adultos.
En tercer lugar, asumir el error como parte del proceso implica promover culturas institucionales menos punitivas y más orientadas al aprendizaje. Generar espacios de análisis de prácticas, acompañar las trayectorias docentes y revisar las formas de evaluación institucional son pasos necesarios para avanzar en esta dirección.
Asimismo, el fortalecimiento de equipos de trabajo reales requiere institucionalizar tiempos y espacios de producción colectiva. No alcanza con definir estructuras: es necesario habilitar prácticas de planificación conjunta, clarificar roles y promover la corresponsabilidad en la toma de decisiones.
Por otra parte, la lectura de contexto se configura como una competencia clave del liderazgo pedagógico. Esto supone desarrollar diagnósticos permanentes, evitar la aplicación mecánica de normativas y habilitar márgenes de autonomía que permitan respuestas situadas. En este punto, la conducción institucional se vincula directamente con la construcción de una autonomía escolar responsable.
Finalmente, el acompañamiento de las trayectorias estudiantiles exige dispositivos integrales que contemplen la singularidad de los sujetos. En la EPJA, esto implica flexibilizar formatos, articular con otros actores y sostener estrategias que favorezcan la permanencia y el egreso sin resignar calidad educativa.
En definitiva, asumir estas estrategias implica un desplazamiento en la función directiva: de la gestión centrada en la administración hacia un liderazgo pedagógico que construye condiciones para que otros enseñen mejor. En esta clave, el “método Scaloni” no ofrece un modelo a replicar, sino una invitación a repensar cómo se conduce, cómo se construyen los equipos y cómo se sostiene un proyecto común en contextos atravesados por la incertidumbre.
En síntesis, el “método Scaloni” puede ser interpretado como una metáfora potente para repensar el liderazgo educativo en clave contemporánea. Se trata de un modelo que combina exigencia e inclusión, conducción y participación, planificación y adaptación. En tiempos donde la escuela se ve interpelada a reinventarse, recuperar estas claves puede contribuir a construir instituciones más democráticas, más efectivas y, sobre todo, más humanas.
La pregunta que queda abierta no es si la escuela debe parecerse al fútbol, sino qué puede aprender de experiencias de liderazgo que logran articular lo individual y lo colectivo, lo emocional y lo profesional, en pos de un proyecto común.